Se murió Mario Poggi

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Mario Poggi, un loco de mierda, se murió este viernes (26 de febrero) en una camilla del hospital Casimiro Ulloa a los 73 años. “Tuvo un infarto ayer en la noche y hoy al mediodía le dio un segundo paro cardíaco y falleció”, precisó su hermano a las cámaras de América Televisión.

Ya, ¿y?

Es fácil pensar en Mario Poggi como un loco de pelo verde (por temporadas blanco) sentado totalmente inocuo en una banca del Parque Kennedy.

Pero la verdad es que el tipo se hizo famoso por matar a una persona.

Era 1985 y una especie de asesino en serie apareció en Lima. Restos humanos fueron encontrados en diciembre en una acequia de San Borja (estamos hablando de una época cuando todavía no era tan A/B) y el principal sospechoso era Ángel Díaz Balbín, un recién salidito del penal de Lurigancho, porque una testigo dijo haberlo visto cerca de donde se encontraron estos cuerpos picados como para chaufa.

Díaz Balbín había cumplido 10 de los 20 años a los que había sido condenado por el asesinato de su tía Genoveva y dos de los hijos de esta. La desaparecida Policía de Investigaciones (PIP) creía que ya lo tenía todo resuelto: un homicida en la escena del crimen que, encima, había trabajado de joven en el aserradero de su padrastro, por lo que se podía asumir que sabía cortar objetos. Sin embargo nadie le podía sacar una confesión. Fue ahí que a un agente de la división de Homicidios se le ocurrió llamar a Poggi, un psicólogo con estudios de criminología en la Universidad de Lovaina (Bélgica) y quien había dictado un curso de ‘hipnosis aplicada a la confesión’ a algunos oficiales.

Lo que sigue en la historia, Caretas lo cuenta así:

En el caso de la muerte de Angel Díaz Balbín, sospechoso de descuartizar por lo menos a siete personas, no fue necesario que nuestros reporteros fueran en busca de la noticia. El mismo psicólogo Mario Poggi, horas antes de cometer el crimen, se acercó a CARETAS (edición 891) indagando por el director. “De parte de una primicia”, dijo. El 7 de febrero de 1986 Poggi hizo testigo al fotógrafo Víctor Ch. Vargas de un examen psicológico practicado al presunto criminal y la noticia se publicó rutinariamente. Pero dos días después, estalló la bomba: el sicólogo había hecho justicia con sus propias manos, estrangulando a Díaz Balbín con una correa.

El resto lo puedo contar rápido: Poggi fue condenado a siete años de prisión (asesino que mata a asesino…), pero solo estuvo adentro cinco, saliendo a la calle en 1991 y encontrándose con cámaras y personas pidiéndole autógrafos. (La televisión basura no es actual, de hecho, yo sostengo que ahora estamos mejor).

El dato: Díaz Balbín murió, pero siguieron apareciendo personas trozadas.

 

Morir (casi) olvidado

No fue hasta el 2011 que Mario Poggi dijo que estaba arrepentido de haber matado a una persona con una correa. De hecho, hasta ese momento lo había explotado tanto que incluso intentó inscribir un partido que pedía marcar por “la correa vengadora”.

Cuando la gente se aburrió de verlo salir por todos lados, cuando dejaron de llamarlo para que comente sobre lo que sea y cuando ya se había convertido en un triste chiste, Poggi se confinó a la banca del Parque Kennedy donde casi todos lo recuerdan.

Yo conocí a Mario Poggi en esa banca, el 2008. Caminaba con un grupo de amigos por Miraflores y decidimos acercarnos a él por pura curiosidad. Tenía una placa que ensartaba en el brazo de la banca y, listo, era su consultorio. Le preguntamos qué hacía y nos dijo que podía hacernos un test psicológico. Su famoso test de los colores. En principio quería cobrarnos 30 soles a cada uno, pero terminó aceptando los 10 soles que acumulamos entre todos para hacernos desfilar frente a él. Era obvio que necesitaba la plata.

Poggi me diagnosticó como inseguro. Todavía lo recuerdo. Me dijo que tenía miedo de lanzarme a hacer cosas por miedo a “no tener la piscina llena” y que tenía que confiar más en mi instinto. Lo gracioso es que dos meses después empecé a grabar un videoblog al que le puse El Cenicero y que luego se convirtió en un blog de sátira.

No sé cómo sentirme por haberle hecho caso a un loco calato homicida.

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