Los niños de plomo

La partera llegó tan rápido como pudo. Jacinto la había mandado llamar hace veinte minutos porque había llegado el momento: su esposa Celia iba a dar a luz. Con ella entraron Doña Elena y su hija Corina, tía y prima de Celia respectivamente, la única familia que le quedaba.

Aunque el camino fue largo —porque a esa hora ya no hay carros que las lleven— no fue difícil ubicar la casa de Celia y Jacinto: estaba a 600 metros de donde hasta hace solo algunos años funcionaba la minera Doe Run, que luego de partir dejó la fábrica intacta. En el medio quedaba aún una enorme chimenea negra de 167 metros de alto, como un imponente icono de la triste ciudad, apuntando directamente al cielo de La Oroya.

(Gato Encerrado)
(Gato Encerrado)

Celia se niega a pujar. La partera hace todo lo que puede pero es inútil sin su ayuda. Doña Elena insiste en que deben ir al centro de salud pero Celia se niega rotundamente. Jacinto no sabe qué hacer, aún no ha asimilado que será padre. Tampoco tuvo el tiempo para hacerlo, Celia se lo contó en el séptimo mes de embarazo y ahora —solo un mes después— están aquí, esperando que nazca ese bebé al que ni siquiera ha pensado en cómo llamar porque no quería tenerlo. Lo ocultó hasta el cansancio, hasta que se hizo evidente cuando tuvo una descompensación.

– No puede nacer, está tocado por el viento malo —esa era la única razón que Celia le daba a Jacinto cada vez que este le reclamaba por ser una mala madre, por tratar de deshacerse de su hijo. Celia no quería desaparecerlo, no podría haberle quitado la vida, pero hubiese preferido nunca dársela.

***

Ocho años después de aquel día, Fausto iba por las calles con la pelota que la tía Elena le regaló, persiguiendo a sus amigos a la salida del colegio, tratando en vano de alcanzarlos. Era pequeño, muy pequeño, parecía un niño mucho menor. Pesaba 20 kilos y medía un metro con veinticinco centímetros. No iba a crecer mucho más, sus últimos análisis eran elocuentes: llevaba encima una concentración de 60 ug/dl (microgramos por decilitro) de plomo en sus vasos sanguíneos.

(El límite establecido por la OMS es de un máximo de 10 ug/ dl de plomo en la sangre. Pasado ese número , la cantidad de enfermedades que se producen en una persona son difícilmente tratables. Anemia, miopía, problemas respiratorios, alteraciones del sistema nervioso central, disminución de las facultades auditivas y de movimiento, problemas en el desarrollo psicomotor, problemas de atención y aprendizaje, entre muchas otras).

(Fausto las tenía casi todas).

Recibió la toxicidad del plomo a través del cordón umbilical de Celia cuando esta gestaba. Nació así, enfermo, con plomo corriendo por sus venas en vez de sangre.

Además de sus limitaciones físicas, Fausto desarrolló con los años un temor al contacto. Cada vez que alguien trataba de acercarse demasiado, de abrazarlo, de siquiera saludarlo con un beso, rompía en llanto. Jacinto decía que era porque su madre nunca quiso cargarlo. De hecho jamás lo hizo, salvo un día en que Fausto no paraba de toser y no estaba su padre cerca para ayudarlo, Celia sintió su desesperación cuando empezaba a ahogarse y entonces el instinto materno pudo más y corrió a auxiliarlo entre sus brazos. Fue el único día que lo hizo.

Jacinto juntaba dinero para viajar a Lima porque en los centros de salud de Yauli no hay presupuesto ni personal para lidiar con los niños y las madres afectadas por la emisión del plomo, así que la única esperanza de poder curar a Fausto era llevándolo allí. Pero desde que la minera dejó de funcionar, él fue uno de los tantos afectados que se quedaron sin trabajo y con lo que hacían a diario en el mercado no alcanzaba ni para el viaje, mucho menos para el tratamiento.

Una ironía.

Celia, por su parte, nunca fue la misma desde que quedó embarazada. Nunca pudo querer a Fausto. No lo quiso cuando supo que iba a tenerlo y ni siquiera lo quiso cuando lo vio aferrarse con todas sus fuerzas a la vida estando a punto de morir. Ella también estaba enferma. Dentro de sí creía firmemente que Fausto estaba envenenado y condenado a la muerte desde el día en que nació y quererlo y aferrarse era en vano.

Cada vez que cae la tarde y sopla el viento, las madres corren a llevarse a su hijos despavoridas. Cierran en sus casas puertas y ventanas y nadie vuelve a asomarse a la calle. Es el temor a ese “viento malo” como lo llaman, que baja desde la cima de la montaña hasta el cauce del río Mantaro y enferma a todo aquel que llegue a respirarlo. Cuando en realidad, están constantemente expuestos a un aire altamente contaminado por plomo, cadmio, arsénico y dióxido de azufre.

La más grande minera de la zona, Doe Run, dejó de funcionar allí en el año 2011. Se evidenció que la compañía nunca realizó el debido “Programa de Adecuación y Manejo de cumplimiento Ambiental” que incluye todas las acciones e inversiones necesarias para que se pueda reducir o eliminar el impacto de las emisiones y vertimientos y cumplir así con los Límites Máximos Permisibles.

A pesar de que dejó de operar en la zona hace años, un estudio publicado en el 2013 por El Instituto Blacksmith ubicó a La Oroya en el quinto puesto entre las ciudades más contaminadas del mundo.

Sin embargo, los pobladores de La Oroya son pro Doe Run. Como Jacinto, un aproximado de 2,400 hombres que han perdido su trabajo desde que la minera pasó a manos de “Profit” y no respetó su compromiso de garantizar los derechos laborales de los ex trabajadores, exigen que el Gobierno declare en estado de emergencia La Oroya y reactive la producción metalúrgica.

Irónicamente, demandan también que se reduzcan las exigencias de la legislación ambiental, las mismas que hasta el día de hoy matan a sus hijos por no haber sido tomadas en cuenta.

La esperanza de vida en esta ciudad es de 40 años. Fausto murió cuando cumplió 9 producto de severas complicaciones respiratorias sumado al deterioro de sus órganos principales. Su corta vida la vivió en cámara lenta. No sufrió, su desarrollo cerebral no le permitió hacerse consciente de lo que vivía. En medio del infierno, nunca supo de su condena.

Jacinto se rehúsa a creer que es responsabilidad de la minera. Celia, por su parte, por primera vez siente cariño por Fausto. Se ha despojado de la culpa, se ha ido ese niño con apariencia enfermiza que la hacia pensar que fue ella quien respiro ese aire y lo infectó de por vida. Ahora puede verlo como un niño sano que correrá libremente. Ahora su hijo ha dejado de ser un niño de plomo.

Uno menos del 97% de los niños y niñas de entre 6 meses y 6 años, y el 98% de los que tienen de 7 a 12 años que presentan niveles elevados de plomo en la sangre, superando el triple de los niveles permitidos.

Celia ha recogido todas sus cosas. Se despide de Jacinto que escucha la radio afuera de la casa. Discuten por unos minutos pero Jacinto sabe que es vano, hace mucho que Celia se fue.

-¿Me estás dejando Celia?

– ¿Y qué más puedes esperar? Aquí lo único que se respira es la muerte. Si la minera se va, te mueres de hambre…y si se queda, solita se encarga de matarte.

(Los personajes de esta historia son ficticios, pero los datos y las cifras son reales).

Fuentes:

La Oroya, la ciudad que respira plomo

La Oroya: contaminación por plomo continúa afectando a niños

La Oroya, donde los niños nacen con plomo en la sangre

La Oroya es la quinta ciudad más contaminada del planeta

Doe Run: la contaminación invisible

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