Fanfic: Miguel Barraza

Foto: ATV

Miguel Barraza tiene casi 70 años, pero todo a su alrededor continúa teniendo diminutivos. Desde la palabra ‘Miguelito’ —nombre con el que lo llaman sus amigos, familiares y fanáticos— hasta la frase ‘solo un poquito’, que repite cuando se sirve un vaso de cerveza, y luego otro, y se le mira con reproche. Pero lo único que registra el paso del tiempo en Barraza es su DNI. (Y también las arrugas que se le forman en la frente cuando gesticula y las canas que escaparon al tinte).

Además, nada de lo que lleva puesto encima ha sido diseñado para un hombre que está bordeando las siete décadas. De hecho, sus zapatillas tienen colores que parecen brillar en la oscuridad. Miguel se ríe cuando se lo sugiero, pero responde de inmediato haciendo un comentario sobre el tamaño de mi cabeza. Se ha ofendido, pero luego se burla de su correa que también brilla y de sus jeans apretados en la entrepierna.

Solo usa polos. Dice que las micas’son para velorios. También para cuando haya que salir en la tele, pero hace un buen tiempo que no lo invitan a aparecer en nada.

Miguelito tiene muchas teorías sobre por qué es que está pasando esto. Una es que hay demasiados homosexuales en la televisión nacional y que —encima— todos son argolleros. Le pregunto si es homofóbico y responde que es conservador. Que así lo criaron. Que una cosa es hacer de amanerado, como él ha hecho durante toda su carrera, y otra cosa serlo. Según dice, está mal que la homosexualidad ahora eso se proyecte como algo normal.

La segunda teoría es que le tienen envidia.

Hace ocho atrás, el Chato se quejaba de haber nacido en el Perú, tierra de desagradecidos, puñaleros y maricones. Una de las últimas veces que apareció en la tele, en un horario estelar, fue cuando se sentó —visiblemente ebrio— frente a Jaime Bayly. En ese momento, cuando todavía lo buscaban para algo más que titulares sensacionalistas o apadrinar cebicherías, dijo que de él se podía hacer hasta una película, que si hubiera nacido en México sería como Cantinflas, como Chespirito. El problema de Miguel siempre han sido los demás.

Lo mejor es no contradecirlo.

Meses después del estreno de su primera película a nivel nacional, ‘El Pequeño Seductor’, muy poco ha cambiado en su vida. Lo más triste es que él lo sabe. Sus chispazos de humor son como sintonizar los canales donde antes aparecía: repetición tras repetición, con risas grabadas de fondo, hasta que llegue el momento de apagar el televisor.

Esa mañana, cuando llegué a su casa para decirle que quiero acompañarlo durante días y meses para escribir su biografía, me recibió con la cara sin afeitar, el pelo un poco revuelto y la mirada hundida en el cráneo. Sobre la mesa de su cocina una bolsa con pan, una mano de plátanos de la isla a punto de estar demasiado maduros y un trapo seco, tieso por el alcohol de la noche anterior. Se sirvió una taza de café, tan oscuro como la gaveta de donde sacó la taza, y me preguntó si quería algo. Agua, le dije. No hay, me responde. Se encoge de hombros y volvemos por donde vinimos.

Los muebles de la sala están cubiertos con fundas muy coloridas, casi tropicales, que desentonan de manera absurda con las cortinas de gasa azul que vuelven aún más melancólica la poca luz del invierno de Lima. En el centro de mesa, pequeñas figuras de porcelana retratan una idílica escena pastoril. Dentro de todas las figuras, noto que un niño descalzo está obscenamente puesto detrás de una niña en enaguas. Miguel sigue mi mirada y se ríe. A veces no me aguanto, carajo, dice.

De los tres hermanos Barraza, solo Miguel se quedó en Magdalena, el distrito donde se la pasó trepando árboles, rompiendo lunas, contando chistes, pateando pelotas y entrenándose para ser el comediante que posteriormente llenaría funciones en el teatro Canout y en todos los teatros municipales que lo recibieron cuando viajó por todo el Perú. (Paréntesis: podría dudar de su status de ‘comediante’, pues es una palabra que le queda grande. Él se define como un ‘contador de chistes’).

Miguel Barraza tiene claros a sus referentes. Una conversación con él rápidamente nos lleva a discutir el slapstick en Laurel y Hardy, en Buster Keaton, en Chaplin. Me muestra una colección de DVDs piratas con imágenes en blanco y negro. Son cientos y dice que ha visto todas al menos tres veces. Cada cierto tiempo se permite rendirle tributo a sus héroes con un especial conjuntamente con su amigo de toda la vida, el ahora retirado Gordo Casaretto.

“Somos una generación que va quedándose a oscuras. A algunos ya nos apagaron la luz y encima se nos están acabando las velas”, confiesa.

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