Una vez una señorita me ofreció un servicio en la calle

Me acerco y la encuentro en la esquina de siempre. Las veces que la vi siempre llevaba el uniforme con el cual distingues a las trabajadoras que facilitan esta necesidad.

Llego ansioso a ese lugar improvisado, ambulante, pero legítimo por su derecho a estar ahí, tan amable y servicial. No es como te cuentan, pero la necesidad es grande y los tiempos son duros. No puedo ser selectivo.

Para atraer clientes, es necesario ingeniárselas. Algunas de ellas vociferan con una palabra determinada la clase de servicio que ofrecen, otras hasta muestran la herramienta de trabajo.

Todos pasamos por el mismo protocolo, por eso ya no le pregunto el precio. El negocio es rentable así que la competencia es mucha. Además es un precio asequible, sería miserable de mi parte regatear.

Lo que sí pregunto es de qué clase de servicio dispone. “El que tú quieras”, me responde. Sin prisa alguna, accedo. Espero paciente a que entre y me quedo varios minutos ahí a su lado.

Ella está normal. Yo en lo mío y ella en lo suyo, mascando un chicle de canela. Total, soy uno más del montón.

No tengo apuro pese a que se va acercando un cliente hacia nosotros. Siempre me tomo mi tiempo para hacer las cosas.

Al terminar estoy más tranquilo y con un peso menos de encima. Le pago, le agradezco, me doy media vuelta y esquivo al que estaba esperando a que yo termine.

El proceso se repite.

Todos cumplimos una misión dentro de la ciudad y ellas son una parte importante del todo. De hecho, cuando estés necesitado, siempre vas a poder encontrarlas. Siempre en las esquinas habituales.

Y si no las ves, siempre puedes escucharlas, animosas y atentas con su inconfundible grito de guerra: “llamadas, llamadas, llamadas”.

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