El maldito aparato

La primera vez que me quedé con Facundo, intentó darme de desayuno jugo de caja, un kekito Bimbo y café de sobre. ¡¡Casi muero!!
— ¿Es en serio? ¡¡¡No puedes hacerme esto!!!
— ¿Hacerte que??
— Ofenderme asi —le contesté entre risas mientras le señalaba la taza.
— Perdoname, vivo solo, soy soltero y no paro en casa… ¡No tengo una maldita cafetera! —me dijo mientras reventaba a carcajadas.
— ¡No voy a tomarme esta mierda! Debes arreglar esta situación! ¡¡Ahora mismooo!!
— ¿Cómo? ¡Son las 6 de la mañana! —gritó.
— Bueno quitame la ropa y hazme todo lo que hiciste ayer —respondí mientras me acercaba.
Recuerdo claramente que tenía un polo de Agnostic Front (que saqué de inmediato) y un bóxer de los Simpson (jajaja, era su personalidad resumida en dos prendas). Verlo sin ropa nuevamente era increíble. Mientras me besaba el abdomen arrodillado en el piso yo acariciaba sus hombros y los tatuajes que lo cubrían, su cuerpo no tenía espacio para un garabato más. Era riquísimo. Me encantaba lo que veía.
Poco a poco fue bajando, sin apuro separó mis piernas y se detuvo unos segundos a mirar. Preguntó : “¿puedo darle un beso?”. Y yo —que no podía ni pronunciar palabra— con sufrimiento encontré la manera de decir que sí. Mojó sus labios, acercó su cara y lo hizo mientras me miraba. Su lengua, su maldita lengua, era perfecta e imparable.
Cuando estaba a punto de llegar se paró, me puso de espaldas contra el lavadero, alzó una de mis piernas y entro en mi mientras repetía agitado “ven conmigo, ven conmigo”. Y así fue.
El final fue rápido. Penetración, gemidos, algunos gritos y habíamos terminado
¡Mañanero veloz! La velocidad con la que luego nos bañamos y vestimos fue envidiable. En el ascensor me decía riéndose (con nervios) “llegaré tarde a mi reunión” y yo solo guardaba silencio. Fuimos en su auto hacia su oficina y de la puerta me pidió un taxi. Un beso, un “pórtate bien” y ya estaba camino a casa. Había sido una muy buena mañana.
Días después hubo un pequeño (pero para él, gigante) cambio.
Era su primer día de vacaciones así que pasó por mi y fuimos al teatro. Era una noche bonita. Regresamos a dejar el auto y salimos a caminar. Horas después, de vuelta a su casa tuvimos sexo en la sala, en su baño y por último en su cama. Buscamos algo en la televisión pero no vimos nada porque mientras conversábamos (no se en que momento) nos quedamos dormidos. (Estábamos muy cansados).
Ya de día, abrí los ojos y Facundo no estaba a mi lado. Me puse un polo y salí del cuarto, el departamento olía riquísimo. Cuando mire hacia la cocina me lleve una sorpresa.
— Mira — dijo con una gran sonrisa— compre una cafetera.
Quería morir, estaba haciendo el desayuno (uno de verdad). Me acerqué a él y le di un gran beso de buenos días.
— Estoy emocionada, creo que lloraré.
— No sé si la estoy usando bien.
— No arruines el momento.
— Merezco un premio ¿no?
— Mereces un millón. Me abrazó fuerte y cuando comenzó a tocar mi trasero lo interrumpí.
— Café, café, cafeeeeeé por favooooor —le dije rogando como una niña.
— ¿En serio quieres eso primero?
— ¡¡¡Claro que sí!!!
— Eres mala.
— Lo sé, y si sigo sin café seré peor —sonreí.
Ese día no hubo sexo de mañana sino un desayuno en la mesa, Un par de revistas y conversaciones sobre la caza indiscriminada de delfines en Japón.
Facundo le puso a su cafetera “aparato maldito” y también “el electrodoméstico de la castidad”. Intentó hacer que me olvide del café cada mañana que estuvimos juntos. Pero nada le funcionó JAMÁS.
Todos los días me recordaba que fue la peor compra de su vida.

Foto: Flickr/ Amber

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