Cruzar la frontera y llegar al Perú

Un martes 14 de mayo de 2013 me fui de la casa de mis padres sin un objetivo demasiado claro. Antes de fijar la fecha de partida renuncié a mi trabajo y a cualquier relación sentimental que condicionara mis días con fechas de retorno.

De algo sí estaba seguro: no debía rendir cuentas a nadie. Partí con unos pesos en los bolsillos una mañana soleada de mayo, cargando en mis espaldas una mochila repleta de un ánimo esperanzador y una confianza imbatible. Mi espíritu libre –si se le puede llamar así a la necesidad casi siempre reprimida de desobedecer– me alentaba a irme lo más lejos que fuera posible. Después de obedecer durante tanto tiempo y cumplir con las expectativas que la misma sociedad nos impone (y que nuestros padres quieren que cumplamos): el colegio, la universidad, el trabajo, la familia y todo eso, decidí irme a la mierda dejando atrás un montón de recomendaciones y cuidados.

A mis padres les dije que el viaje demoraría como mínimo un mes o como máximo tres, sin saber que se extendería más de lo que yo mismo hubiese imaginado. Mis viejos querían escuchar fechas límites y tener la certeza de que no me largaría para siempre. Ellos estaban preocupados por esa mala costumbre de llegar borracho a casa que había tomado durante los últimos cinco años de mi vida.

En realidad, mis viejos temían que acabara arruinado y lejos de la familia, pero por primera vez en mi vida sentí que no era mi deber dejarlos tranquilos, y aunque hubiera podido intentarlo, estoy seguro, no lo habría conseguido.

Yo soy parte de esa generación que creció escuchando a sus viejos decidir en voz alta lo que era bueno para nosotros, aunque ni ellos mismos lo hubieran intentado. Les llevamos siempre la contra, acaso con la intención de tentar al fracaso y poner a prueba nuestro destino.

Yo soy parte de esa generación que vio a sus padres sacrificar su vida por trabajar duro para darnos un título universitario. Mis viejos siempre creyeron que con un cartón en mano tendría al mundo a mis pies, y nos hicieron creer a nosotros que eso era lo único que podían dejarnos. Salimos de la universidad creyendo que solo hay un camino: trabajar para alguien y que luego el resto trabaje para ti, sin pensar jamás en la posibilidad de trabajar para nosotros mismos. Pero luego descubrimos que un título es un pasaporte para continuar viviendo bajo los esquemas de un sistema que nos ve como empleados que si aspiran a un poco más de dignidad deben aprender a sacrificarse haciendo horas extras y recibiendo salarios mal pagados. Y después de descubrir todo eso lo único que quería, se entiende, era irme a la mierda.

Había llegado el momento de poner en práctica mi discurso, que eran entonces palabras vacías. Recuerdo que ese día, cuando avanzaba ya por la carretera en dirección al norte de Chile para luego cruzar la frontera y llegar al Perú, comprendí que son muchas más las alternativas que nos depara el camino que la que nos ofrece un título universitario. Y solo fui capaz de entender eso cuando me di cuenta de que, lo queramos o no, somos partes de este mundo, y tenemos la responsabilidad de forjar en él grandes cosas.

Y quizá por eso decidí viajar: para descubrir quién soy y lo que me falta para llegar a eso.

 

 Gif: Giphy/NowThis

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