Cagando al lado del shawarma

Terminando de leer a Shirel, recordé una historia similar a la suya: la señora que caga al lado de donde venden shawarma en Lince, cerca a nuestra oficina. Aquí una descripción de la escena:

 

Ahora, cuando digo que caga al lado del shawarma no es porque lo haga siempre. No tengo cómo probar eso porque yo solo la he visto hacerlo una vez (aunque eso me da un indicio de que quizás ya hizo suyo este spot).

Primero hablemos de la locura. Lince tiene una cantidad de orates nada despreciable. He podido contabilizar a cuatro: dos que han sido consumidos por la pasta —algo que de hecho empezó siendo al revés— que suben y bajan por todo José Leal; uno que entra y sale de lugares oscuros y que suele caminar calato por Belgravia en las madrugadas; otro que a veces tira una siesta en el Parque Castilla luego de caminar desde la Avenida Iquitos hablando solo; y la señora que huele a perro mojado y que hace su caca al lado del shawarma.

(Sí, yo los tengo fichados, a diferencia de la Municipalidad de Lince o del Estado, pero no puedo hacer más por ellos, a diferencia —nuevamente— de la Municipalidad de Lince o del Estado).

Ahora hablemos del shawarma: la primera huevada turca que llegó a nuestro país (el peruano es fácil, primero te lo ganas por el estómago y luego le pones una novela para que mire en su tele). Carne de cordero se envuelve en una tortilla (que tiene la contextura de un pan pita) y eso se llama shawarma. Sus primeras apariciones fueron en carretillas en esquinas insospechadas de Lima, después se expandieron frente a distintas universidades y ahora es un factible negocio del barrio.

Para cerrar: hablemos del evento. Pasaba yo por esta calle y capté un olor desde la esquina. “Carajo con el shawarma”, pensé mientras avanzaba pero luego mi cerebro hizo corto porque resulta que estaba oliendo otra cosa (aunque también cálida en su aroma). Lo que vi al pasar el pequeño muro fue a una mujer apoyando sus gruesas caderas en la pared, pujando y gritando con todo su FUA. Al costado, pocos metros más allá, una pareja la miraban sin poder terminar de masticar lo que ya se habían metido a la boca. El tipo que cocinaba se había quedado a mitad de cortar el cordero.

¿Qué hice? Seguí caminando. La única buena noticia era que los señores de la lavandería, dueños de la pared, salieron bien librados porque la mujer nunca se bajó el pantalón.

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